19. jul., 2020

Miller y Monroe: El efecto Pigmalión (*)

Arthur Miller (Nueva York, 1915 - Connecticut, 2005) está considerado como uno de los mejores dramaturgos del siglo XX. Autor de obras tan emblemáticas como ‘La muerte de un viajante’ o ‘Las brujas de Salem’,  pasó a la historia también por haber ganado en dos ocasiones del premio Pulitzer y por haber sido el último marido de Marilyn Monroe.

De Miller se dice que supo trasladar a los escenarios el conflicto y las contradicciones del ser humano y que sus obras destilaban un espíritu crítico con el que arremetía contra el masificador antihumanismo estadounidense. Cuentan que se acercó al marxismo para después criticarlo, que se opuso activamente a la “caza de brujas” del senador Joseph McCarthy y que denunció la intervención estadounidense en Corea y Vietnam.  Miller era transgresor y valiente. Tan valiente que intentó algo imposible: rescatar a Marilyn del monstruo de la tristeza.

La historia oficial afirma que fue quizás el hombre que mejor pudo entender el vacío que la atormentaba, y el más capaz de valorar su talento y de hacérselo creer a ella, pero acabó por rendirse ante la complejísima personalidad y la fragilidad emocional de la mítica estrella.

Todo comenzó en el año 1951, cuando Marilyn Monroe era una celebridad en ascenso y él saboreaba las mieles del éxito de su obra “Muerte de un viajante”, que arrasó en Broadway y tambaleó los cimientos de la sociedad norteamericana. Por aquel entonces, los medios ya habían creado una Marilyn superficial, todo glamour y escandalosamente sexi, pero adicta, problemática y depresiva. 

En una de las tantas fiestas de Hollywood de la época, ambos estaban invitados. Ella iba a acudir como acompañante del flamante y exitoso director de cine Elia Kazan, picaflor consumado, con el que mantenía una relación libre de compromisos. En el último momento, Kazan se decantó por otra actriz para esa noche y se le ocurrió pedirle a su gran amigo por aquel entonces, Arthur Miller, que acompañara y entretuviera a Marilyn en aquella velada. El cineasta no sabía que la Divina Providencia le había elegido para oficiar de celestino.  

Contra todo pronóstico, la rubia más sexy del planeta, icono erótico del sueño americano, y  el aclamado escritor, intelectual crítico y portavoz del lado oculto de ese sueño y su doble moral, se atrajeron como imán y puerta de nevera. Y desde el primer momento, el dramaturgo vio las dos caras de la estrella y quiso comprenderla… y salvarla.

Miller estaba casado y era padre de familia. Era judío y su moral y sus principios estuvieron batallando con su corazón durante cinco años, en los que tuvo algunos encuentros ocasionales con la Monroe. Finalmente, dio carpetazo a su conflicto interno y en un acto de coherencia admirable para la época y el lugar en el que le tocó vivir, se divorció para estar con Marilyn.

La pareja anunció su compromiso en las puertas de su domicilio en Nueva York, y la prensa se frotaba las manos: la historia no podía ser más jugosa. “Es la primera vez que estoy realmente enamorada. Arthur es un hombre serio pero tiene un sentido del humor maravilloso. Estoy loca por él”, confesaba Marilyn  a los periodistas congregados. La actriz estaba tan entusiasmada que decidió convertirse al judaísmo, como muestra de lealtad a su futuro esposo.

El día de su boda civil, 29 de junio de 1956, tenían planeado atender a la prensa en la casa que Miller tenía en Conecticut. Pero antes iban a almorzar en la casa del primo del escritor, una información que no debió trascender al conocimiento de ningún periodista, pero lamentablemente no fue así.

Mara Scherbatoff, reportera de Paris Match anticipó la jugada y, por conseguir la foto del almuerzo familiar antes que nadie, emprendió una persecución en carretera en cuanto vio salir un Oldsmobile verde que llevaba a la pareja hacia la casa de Morton, el primo de Miller. La ruta era sinuosa y desconocida para la periodista y su paparazzi y, en una curva cerrada, el coche salió de la carretea chocando contra un árbol.

La rueda de prensa fue caótica. Los futuros novios estaban nerviosos y respondieron durante diez eternos minutos dando la información justa y protocolaria. Mientras tanto, el cuerpo de Mara Scherbatoff no resistía al impacto del accidente y fallecía en el hospital. La pareja lo supo apenas terminó la conferencia de prensa.

A Marilyn le asoló un profundo sentimiento de culpa que Miller trató de paliar argumentándole que esta desgracia podría hacer reflexionar a la prensa sobre el absurdo fenómeno paparazzi, algo que él, como periodista fundamentado, detestaba.

El 1 de julio, Marylin y Arthur celebraron su boda religiosa. Fue una tradicional e íntima ceremonia judía en una casa de campo en las afueras de Nueva York, a la que asistieron apenas 26 invitados.

Vivieron una historia de idas y vueltas, infidelidades y excesos hasta que en 1961 se separaron con el mismo hermetismo con el que se habían casado. 

El último intento de Arthur Miller por adentrase en los infiernos de su mujer, quedó plasmado en el guion de ‘The Misfits’ (Los inadaptados),  traducida finalmente como ‘Vidas rebeldes’.

El texto fue adaptado por John Houston para rodar un western que reunió en el desierto de Nevada a tres estrellas que comenzaban a apagarse: Clark Gable, Marilyn Monroe y Montgomery Clift. La obra que Miller escribió pensando en su mujer, con la que quería demostrarle al mundo su capacidad dramática, acabó con el cartel de ‘maldita’ colgado en la memoria del cine.

Miller había escrito para Marilyn esa historia en la que intentaba explicar sus contradicciones. Una de las frases míticas que el autor puso en boca del Clark Gable evidenciaba un claro reflejo de su propia frustración: « ¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?».

Por lo visto el set de filmación era un continuo drama. Marilyn apenas podía controlar sus demonios y abusaba de psicofármacos. Clift estaba sumido en un laberinto de drogas y alcohol, Houston se evadía en el juego y Gable se ahogaba en la tristeza nunca superada de la muerte de su esposa (de hecho, falleció tan solo tres días después de finalizar el rodaje). La situación de los actores era tan dramática que el estudio contrató a médicos para que atendieran a sus estrellas de manera constante. La excepción fue el propio Miller, que en pleno rodaje, y agotado ante la infructuosidad de su lucha por salvar a su mujer,  se enamoró de la fotógrafa Inge Morath, con la que se casaría en febrero de 1962.

Seis meses después de esa boda, la noche del 4 al 5 de agosto de 1962 Marilyn se debatía entre la vida y la muerte en California, mientras Arthur estaba en pleno desierto de Nevada. Dicen que cuando recibió la llamada telefónica que le anunciaba el trágico final de la estrella, el escritor se desmayó y tuvo que recibir asistencia médica.

El dramaturgo no logró salvarla, no puedo reescribir la amarga historia que ella portaba en su mente y destrozaba su corazón una y otra vez, de manera sistemática.

La muerte de Marilyn fue como una escenificación de una de las frases más aterradoras que sobre ella misma pronunció  en vida: “Estoy sola; siempre estoy sola, no importa lo que pase”.

Imagen: Marilyn Monroe y Arthur Miller fotografiados por Richard Avedon en New York, el 8 de mayo de 1957.

 (*) El efecto Pigmalión es un término que se utiliza en psicología para referirse al fenómeno por el cual las expectativas y las creencias que posee una persona influyen directamente en las conductas, en el rendimiento y en los resultados de otra.