21. oct., 2020

El eslabón abierto

Padezco el síndrome de metaforitis aguda desde mi más tierna infancia. Creo que aprendí a leer entre líneas antes de tener la edad suficiente para entender el concepto.  No puedo evitar sacarle punta a las cuestiones más redondeadas y percibo mensajes de profundidad ‘NRB’ (Nivel Revelación Bíblica) en los momentos o lugares más insospechados.

Los que me conocen bien, saben que a la salida del cine puedo llegar a ser sorprendentemente lúcida o un auténtico suplicio (dependiendo de la calidad de la ‘revelación’ percibida durante el transcurso de la película). Todavía recuerdo la cara de algún compañero de butaca ante mi discurso filosófico tras disfrutar de la proyección de ‘El escuadrón suicida’ (algún día hablaré de ello…).

Pero hablando de cine, metáforas y mensajes ocultos en historias aparentemente intrascendentes, me viene a la memoria una tarde de cine con mi amiga Pilar en la que teníamos por objetivo echarnos unas risas. Corría el año 2013, despuntaba el mes de junio y  “Del lado del verano”  fue la película elegida para cumplir el loable (y necesario) objetivo de liberar tensiones a ritmo de carcajada. Pero, mira tú por dónde, la película me llevó a la reflexión porque al final resultó que tenía un mensaje inesperado.

La tragicomedia, protagonizada por Antonia San Juan, deja patente que la idiosincrasia canaria es como el patio de mi casa: muy particular. Este podría ser el mensaje explícito, el que es obvio y se percibe a simple vista: el mundo de las controversias familiares que, aunque extrapolable a cualquier rincón español (la hipocresía, las eternas contiendas entre suegras, nueras y cuñadas, etc.), contiene algo genuinamente canario que, bajo mi punto de vista,  queda reflejado a la perfección en esta película: yo lo llamo el “aquí no pasa nada”. Se trata de una actitud estoica ante un problema o situación conflictiva que, a pesar de ser algo imposible de negar y evidente, se niega con la frialdad de un tempano de hielo. Es una especie de pánico a parecer débil o vulnerable. Una clase de fobia a que pueda darse la más mínima impresión de que algo se te escapa de las manos, algo te afecta o te duele en lo más profundo de tus entrañas o existe alguna cosa en tu vida que, sencillamente, no controlas. Por eso, se puede preguntar la receta de las croquetas de calabacín mientras contemplas a tu hermano muerto en la cama del hospital o, finges que te preocupa poner el colchón de la cama de tu cuarto “del lado del verano” cuando te acaban de dar la noticia de que tu marido ha fallecido.

Confieso que sentí alivio al ver que esa actitud, que en más de una ocasión me ha desbordado, no era un fantasma de mi imaginación. Pero, lo dicho,  quitando esta pequeña particularidad, subjetiva por supuesto, el mensaje de la película es universal.

El ‘otro’ mensaje, el que se vislumbra con más sutileza, entra en escena en momentos como el de la tajante sentencia del personaje interpretado por Antonia San Juan: “Sólo se puede amar a la familia cuando te separas de ella”.  Esta afirmación sólo puede nacer de alguien que se ha sentido alguna vez (o se siente) extraña en su lugar de origen, con sus “seres queridos”. Ovejas negras, perros verdes o, directamente, extraterrestres. Fuera de lugar en cualquier caso y  con un denominador común: una fuerza o impulso irrefrenable de salir de dónde se está. Yo lo llamo ‘la teoría del eslabón abierto’ y en todo árbol genealógico…  siempre hay alguno.

Así que, entre risa y risa, recordé que no es fácil ser uno de esos eslabones abiertos de la cadena, porque tienes la misión ineludible de romper esquemas y superar viejos patrones genéticos o culturales. Tienes que respirar hondo, ponerte el cinturón y prepararte para las turbulencias del viaje. Si consigues llegar a tu destino, habrás cambiado el juego por completo porque, como dicen al comienzo de la película: “una sola pieza, modifica todo el tablero”. Pero esa metáfora, la del ajedrez, la dejaremos para otro momento.